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La Costa Da Morte

A pesar de su nombre y más allá de los tópicos de tempestades y naufragios, el litoral gallego que se extiende entre Fisterra y Malpica es, en realidad, una costa repleta de vida. Lo mejor es iniciar esta ruta justo donde acaba el mundo, en el mítico cabo Fisterra. En él se puede visitar el faro, contemplar los ocasos en el Atlántico y descender hasta la iglesia de Santa María das Areas, cuyo interior románico alberga la talla del Santo Cristo da Barba Dourada que, según la leyenda, llegó surcando las olas. Enfrente, las ruinas de un hospital de peregrinos, fundado en 1469 para albergar a los que, desde Santiago de Compostela, prolongaban el viaje hasta el Finis Terrae.

Hacia el norte, a 12 kilómetros, se alcanzan las vecinas Corcubión y Cee, típicas villas mariñeiras. En la primera, llena de hórreos y casonas blasonadas, destacan el Museo Marítimo, el pazo de los Condes de Altamira y la iglesia de San Marcos (siglo XV); en la segunda, además de pasear por el casco antiguo, es recomendable acercarse al cabo de Cee desde el que se divisan las islas Lobeiras, refugio de aves.

Poco antes de Muxía (a 21 km), villa de pescadores con playas salvajes, surge el desvío que conduce al monasterio de San Xián de Moraime. Esta joya del siglo XII rivaliza en belleza con el santuario de A Virxe da Barca, situado a pie de agua y frente a la Pedra dos Cadrís y la de Abalar, altares de época prerromana.

Ermitas marineras

Hay que realizar un breve alto en Ponte do Porto para cruzar su puente del siglo XV y pasear a orillas del río Grande hasta la iglesia románica de Cereixo. Un poco más adelante se llega a Camariñas, localidad de casas blancas y callejones en los que las palilleiras confeccionan sus encajes como hace siglos. Desde el pueblo, un sendero conduce hasta el cabo Vilán, que tiene un interesante museo dedicado a los faros.

La carretera sigue hacia Camelle (a 14 km de Camariñas) a través de uno de los tramos más agrestes y a la vez más hermosos de la Costa da Morte. A mitad de camino aparece el cementerio dedicado a la tripulación de The Serpent, un barco inglés que naufragó el año 1880. Una vez en Camelle llaman la atención las esculturas realizadas en el muelle pesquero por Manfred Gnädinger, un alemán que vivió como un anacoreta y que murió de tristeza en 2002 al ver sus obras cubiertas por la marea negra del Prestige.

A 22 kilómetros se encuentra Laxe, cuyo reclamo son sus «playas hermosas y hechiceras», y con razón: Traba, Arnada, Soesto y las ensenadas de Corme y Laxe son idílicas para pasear. La arquitectura tradicional es el otro atractivo de Laxe, con la Casa do Arco (siglo XV) y la iglesia-fortaleza de Santa María da Atalaia, arquetipo del gótico gallego, como máximos ejemplos.

Una incursión de unos 10 kilómetros hacia el interior permite contemplar entre praderías otros atractivos de la ruta: el dolmen de Dombate (2.500 a.C.) y el castro de Borneiro (siglo VI a.C.). Entre esos prados también se asienta la aldea de Buño, cuyo ecomuseo Forno do Forte muestra a los visitantes el oficio de alfarero a través de las once casas antiguas que se conservan.

Camino de Malpica

De regreso al litoral, la carretera costera cruza Ponteceso, cuna del poeta Eduardo Pondal (1835-1917), y Corme, que cuenta con las mejores peñas perceberas de Galicia.

Tras ellas llega Malpica, final del viaje. Su economía, como en tantas otras villas de la Costa da Morte, se basa en la captura de pescado y marisco que, además de venderse en su lonja, es protagonista de guisos como la caldeirada, que se sirven principalmente en las tabernas del puerto.

El broche al viaje lo pone el cabo de San Adrián y su ermita del siglo XVI. El lugar es perfecto para contemplar al atardecer las islas Sisargas que emergen en el horizonte.