Normandía, una Región Francesa Célebre

Basta entrar en una tienda de recuerdos para reconocer de inmediato los estereotipos con que se la distingue. En ese museo de lo popular, Normandía se caracteriza principalmente por su gastronomía, por la producción de sus manzanos (sidra, calvados y otros licores) o de la industria láctea. Las hacendosas vacas normandas son la base de la producción de quesos míticos, como el Camembert, el Pont l’Evêque o el Livarot. Y este imaginario se completa con una serie de monumentos, principalmente religiosos, como la Catedral de Rouen o la Abadía del Mont Saint-Michel, tristemente jibarizados en múltiples bolas de nieve. Esas esferas de vidrio nos producen una rara fascinación cuando, al girarlas, sumergen la abadía miniaturizada en una fantástica tormenta de brillantina.

Hay dos maneras básicas de conocer a fondo Rouen, la capital de Normandía. La primera, caminando por su centro histórico, repleto de colombages (fachadas con entramado de vigas de madera y argamasa) y de monumentos que exhiben todas las edades artísticas de la ciudad, desde el gótico hasta el barroco o el neoclásico. De pronto se llega frente a la Catedral de Notre Dame, tesoro medieval sobre el que Claude Monet ensayó más de treinta vistas, desde distintas posiciones y en distintos momentos del día. El artista consiguió mostrar cómo un mismo objeto cambia según la percepción y en virtud de la luz. Las oscilaciones del clima y, en consecuencia, de la luz constituye una de las principales singularidades normandas.

La segunda manera de contemplar la ciudad consiste en subir a la colina de Sainte-Catherine por la ruta de la cornisa que se dirige hacia Bonsecours. Desde allí se obtiene un panorama casi a vuelo de pájaro del casco antiguo. La torre de la catedral destaca en el conjunto como una aguja que hilvana tierra y cielo. Pero se puede observar también el vínculo que Rouen establece con el Sena, con sus muelles y sus puentes, y en particular la situación privilegiada que tiene en el valle del río.

Como bien señala Francis Ponge (1899-1988) en un magnífico ensayo poético dedicado al Sena, la principal característica de este curso de agua es su discurrir apacible, sin mayores accidentes, desde su fuente en la Borgoña hasta su desembocadura en Le Havre. No hay cascadas, rápidos, ni diques que lo precipiten o retengan. Y en este abrirse paso del río por el norte de Francia, canalizando los residuos de las industrias humanas pero reflejando como un espejo ingenuo lo más puro del cielo, Ponge ve el valle del Sena como un fruto que muestra "la pulpa más sabrosa y clara bajo una corteza particularmente barrosa".

Para adentrarnos en el corazón de ese fruto, abandonamos la ciudad de Rouen y tomamos una carretera secundaria y más tranquila. El río está ahora al alcance de la mano. En sus incesantes meandros, que acompañan la forma del valle, al que se somete pero al que al mismo tiempo va modelando con su discurrir, el Sena crea su propio paisaje. Este rostro cambiante del río y de la naturaleza que lo rodea ha fascinado siempre a pintores del mundo entero.

Es el caso de Claude Monet, que se instaló en el pequeño pueblo de Giverny en 1883. Allí vivió durante cuarenta años y produjo la parte más íntima de su obra, la que perseguía los mínimos matices del color y la forma en su propio jardín. Monet concibió en Giverny el famoso ciclo Nenúfares, compuesto por 250 pinturas de esas delicadas flores acuáticas. La casa del artista, convertida en museo, con su parque y su estanque, recibe en la actualidad a centenares de visitantes ansiosos de pasear por los rincones que inspiraron al famoso artista.

Continuamos hacia Les Andelys, un pequeño pueblo que se recuesta al borde del Sena. Para pasar la noche es una buena opción instalarse en un viejo hotel junto al río, frente a una isla misteriosa, y aprovechar la tarde para caminar hasta el castillo de Gaillard, erigido en 1198 por Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra y duque de Normandía. Ubicado en el centro de un parque natural, sus ruinas ofrecen otro mirador privilegiado para contemplar el valle del Sena.

El viaje sigue hacia la desembocadura, un amplio embudo en cuya boca se sitúan los legendarios puertos de Le Havre y Honfleur, cada uno en un margen y cada uno con su historia comercial y su patrimonio arquitectónico. A ambos lados del río se despliegan dos franjas de playas: la Costa de Alabastro hacia el este y la Costa Florida –que se prolonga en la Costa de Nácar– hacia el oeste.

Siguiendo la tradición que a finales del siglo XIX instala el nombre de Côte d’Azur, la nomenclatura paisajística conjuga en proporciones variables las tonalidades de la tierra, el agua y el cielo. El azur es un color heráldico con el que suelen representarse estos dos últimos elementos, pero el alabastro, las flores o el nácar dan cuenta más bien de la materia que define el litoral. La necesidad de dar una especificidad al paisaje normando, concibiendo esta microfísica por momentos fantástica, tiene por objetivo la distinción.

Tras visitar el puerto de Honfleur, con sus encantadoras casas de piedra y tejado de pizarra, sus animados muelles y su vista de la desembocadura del río, conducimos por la carretera que bordea el mar hacia Deauville y Cabourg.

Heridas de la Segunda Guerra Mundial

Por su proximidad con París, Normandía se convirtió en una zona balnearia privilegiada durante los últimos años del siglo XIX y primeros del XX. Las construcciones destinadas a la aristocracia y la alta burguesía de aquella época prometían al mismo tiempo salud, descanso y diversión. Después de la Segunda Guerra Mundial, Normandía perdió la partida inmobiliaria ante la cálida costa mediterránea, de manera que hoy estas bonitas mansiones parecen detenidas en el tiempo.

La relación entre playa y mar se ve interrumpida de pronto por los carteles que anuncian las playas del Desembarco y los numerosos museos y cementerios conmemorativos de la guerra. Uno de los lugares más impactantes es Omaha Beach, una playa de apenas 6 kilómetros de extensión, enmarcada como un anfiteatro por altos acantilados, donde desembarcaron las tropas norteamericanas. Allí perdieron la vida, la madrugada del 6 de junio de 1944, casi 4.000 soldados. En recuerdo a esa sangre derramada, que el mar ha limpiado pero que la memoria dolorida atesora, la playa se conoce tristemente como Bloody Omaha.

Si bien en Normandía la memoria de este último conflicto perdura con fuerza, se trata de un territorio que ha vivido siempre marcado por la guerra a causa de su ubicación, una verdadera encrucijada. Ocupado en la Antigüedad por las tribus galas y conquistado luego por los romanos, tras la caída del Imperio fue el escenario de la llegada desde el norte de los pueblos sajones –francos principalmente– y de los infatigables vikingos. Durante siglos estas tierras fueron el campo de batalla de los ejércitos franceses, normandos e ingleses para tratar de definir los límites de sus respectivos dominios. Aquellas guerras territoriales –y también religiosas– vieron nacer además a los héroes que, como Guillermo el Conquistador, Ricardo Corazón de León o Juana de Arco, marcaron el origen de Francia.

El Memorial de Caen, inaugurado en 1988, es un museo dedicado a la paz. Las distintas exposiciones que acoge proponen un recorrido que va desde el 28 de junio de 1914, cuando el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria inicia la Primera Guerra Mundial, hasta la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Entre estas dos fechas murieron más de 60 millones de personas y el Memorial intenta mostrar que la paz es un desafío cotidiano.

Llegamos al atardecer a Caen. Las últimas luces del día se desvanecen mientras buscamos un hotel, y ya es de noche cuando salimos a caminar por la ciudad. Hay que mirar fotografías de la época para comprender a esta "ciudad mártir", devastada completamente durante la última gran guerra. Reconstruida desde las cenizas, cada rincón contiene su enseñanza. Caminando sus calles, sorprende el espectáculo de los monumentos iluminados. El castillo, la iglesia de San Pedro y, en las afueras, la Abadía de las Damas y la de los Hombres, dos monasterios del siglo XI que modelados por efectos lumínicos surgen en la noche como una magnífica fantasmagoría.

Salimos temprano hacia el departamento de La Manche, cuyo nombre podría traducirse como "manga". La denominación evoca también el brazo que se alza en el mar, en este caso la península del Cotentin, en cuyo extremo se encuentra el puerto de Cherbourg. Aquí el mar se impone en el paisaje con su presencia constante.

En este punto podría iniciarse la Ruta de las Abadías, una línea imaginaria que une recintos de gran valor histórico, arquitectónico y espiritual. En medio de un paisaje encantador, cada abadía o monasterio cuenta una historia singular y todas en su conjunto son el testimonio de siglos de luchas en las que se impuso el catolicismo. En tiempos de enfrentamientos las abadías eran un lugar de reflexión y oración, pero también un refugio. Se trata de lugares recogidos en los que se está siempre al abrigo del mundo.

Descendiendo por la costa occidental se abre una inmensa bahía en cuyo centro se sitúa el Mont Saint-Michel, lugar de peregrinación desde el siglo VIII y ampliado durante los siguientes diez siglos. En medio del mar y a la merced de los vientos, allí se alza la abadía, uno de los más imponentes monumentos de Francia, rodeada por una ciudadela. Cruzar el puente que lo une a tierra firme cuando sube la marea y crece hasta la abadía equivale a entrar en otra época. Por fortuna, el millón de visitas anuales no ha logrado perturbar su paz milenaria.

Durante el paseo, un cálido restaurante nos propone un plato "a la normanda", acompañado de un calvados, el icónico aguardiente de manzana. Mientras, la marea comienza a subir y el corazón comprende el sentido de la eterna lucha normanda entre la roca y el mar.