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Isla de Aruba, el Destino Perfecto

La leyenda dice que cuando llegó la noticia del fin de la II Guerra Mundial, un grupo de vecinos tomó las calles de Lago Heights, en la parte sur de Aruba, cerca de la refinería, en una especie de desfile improvisado. Se dice que en la isla había pocos instrumentos musicales, al menos para las clases trabajadoras; así que tomaron cualquier cosa que estuviera a mano y sirviera para hacer ruido.La mayoría de los habitantes eran descendientes de esclavos provenientes de África y tenían un gusto marcado por las percusiones. Unos tomaron ruedas de coches; otros, viejas ollas de cocina; sólo uno de ellos, el único del grupo que no era arubeño, sacó algo parecido a un instrumento. El rumbo que tomó la escandalosa turba es incierto, quizá se enfilaron hacia Baby Beach o al área de San Nicolás, al Charlie's Bar, famoso en aquella época; o tal vez sólo se trataba de armar alboroto y dieron vueltas a la misma calle.Lo que sí se sabe es que el extranjero que se unió al grupo provenía de Trinidad y que se llamaba Leonard Turner. El instrumento, que tampoco era uno formal, era la tapa de un barril de aceite que, después de ser deformada, emitía sonidos armónicos. De no ser por el trinitario, aquella noche se habría olvidado; pasó todo lo contrario, en ese momento se empezó a escribir uno de los capítulos más importantes de la historia musical de Aruba. A la postre, Turner sería conocido como Shoo-Shoo Baby, y la tapa de barril como steel drum o tambor de metal.

El sol abrasa. El viento, que sopla sin encontrar obstáculo a su paso, agita sin descanso una bandera azul con franjas amarillas y estrella roja. Los árboles de la isla, por la misma razón, están eternamente inclinados hacia el mismo lado. Su localización geográfica libra a Aruba de los catastróficos fenómenos naturales que amenazan de manera constante al resto de islas de la región. Hace mucho calor, sí, pero el viento se encarga de hacer la estancia más soportable. One Happy Island, así nombraron los lugareños a ésta, su casa: una isla feliz.Aruba, al sur del mar Caribe y a 25 kilómetros de las costas de Venezuela, es un país autónomo perteneciente ahora, junto con las otras islas Curazao y St. Marteen, al reino de los Países Bajos. La isla es muy pequeña, mide apenas 179 km2 (para hacernos una idea, en la Comunidad de Madrid cabrían 44 Arubas). En un día ajetreado se puede recorrer todo el país en dos horas. Su aeropuerto internacional Reina Beatriz, situado en el centro, divide la zona turística y hotelera del norte de las localidades más auténticas al sur.La influencia neerlandesa es evidente no sólo en la arquitectura sino también en el idioma, que junto con el papiamento es lengua oficial. Este último es un dialecto amerindio que se habla en Curazao, Bonaire y Aruba, una mezcla de castellano, portugués y varias lenguas africanas. Pero los visitantes hispanohablantes no tendrán problema para comunicarse, dada su cercanía con Venezuela y el resto de Sudamérica. El ambiente enla isla es tranquilo y agradable; la gente, amistosa y despreocupada. En verdad el visitante se sentirá en una lugar feliz.

Aruba, como el resto de países de las Antillas y el Caribe, está asociado con la música y el baile, manifestaciones ambas que se han distinguido por sus ritmos trepidantes, alegres e hipnóticos. Los vestigios arqueológicos encontrados en la isla muestran que los amerindios tenían una arraigada cultura musical, destacándose especialmente en los instrumentos hechos con madera. Con la llegada de los colonizadores españoles, también lo hicieron los esclavos africanos y con estos, una manera de hacer música que enriqueció a la ya existente, dotándola de una estructura más acelerada, más vertiginosa.El hervidero cultural y social en el que se convirtieron las colonias europeas del continente americano supuso la constante mezcla racial, la llegada de esclavos, la desigualdad y las consecuentes amenazas de rebelión; las autoridades británicas, durante una breve ocupación de Trinidad en el siglo XIX, prohibieron el uso de los tambores, pues, según ellos, animaban los instintos primitivos en las personas. Esta resolución funcionó a medias pues la gente empezó a fabricar sus propios instrumentos con cualquier objeto que estuviera a su alrededor. Uno de ellos fueron las tapas de los viejos barriles de metal.Era 1924 cuando se inauguró la refinería Lago en Aruba y los trabajadores que llegaron eran originarios de varios países, principalmente de Trinidad. Con un bagaje cultural diferente, los trinitarios aportaronun elemento crucial para su desarrollo musical. Aquí es cuando entra en escena Leonard Turner. Siendo un músico respetado en su natal Trinidad, pronto descubrió que la oferta de entretenimiento era escasa, así que no tardó en reclutar a varios jóvenes a quienes les enseñó el sonido que unas piezas cóncavas de metal podían producir. Así surgió la primera steelband: Shoo-Shoo Baby y los Aruba All Star Boys. El grupo comenzó tocando variaciones de samba, de rumba y de cualquier otro estilo de música que estuviera en boga. La facilidad para asimilar el ritmo convirtió a este instrumento, parecido al vibráfono y a la marimba, una popularidad inmediata.

No sólo se formaron más grupos, sino que algunos de ellos llegaron a sumar nada menos que 40 integrantes. Por cierto, le llamaban Shoo-Shoo Baby porque cada vez que el trinitario abordaba un barco que lo alejaría de su tierra, las personas que lo despedían le gritaban «Shoo shoo, baby!», una manera cariñosa de decirle adiós. En los 60 se organizó la primera competición de steel drum: ocho grupos se disputaban, a golpe de metal, el primer premio. Los ganadores fueron los Aruba Invaders. De ahí en adelante, los tambores de metal fueron el invitado de honor en todos los desfiles y carnavales celebrados en la isla.Tristemente, las calles de Lago Heights y de todo San Nicolás, que en otra época sirvieran de vibrantes salas de concierto, hoy permanecen en silencio. Pareciera que el incesante viento que peina la isla se hubiera llevado muy lejos las notas de los tambores de metal. Como un volcán que de golpe se apaga. Cuando la refinería Lago se renovó, automatizando muchos de sus procesos, un gran número de trabajadores tuvieron que abandonar la isla. Así, muchos de los músicos más respetables se vieron obligados a buscarse la vida en otro lugar. Eventualmente, el espacio que dejaron los tambores lo ocuparon las bandas de alientos, tanto en los desfiles como en el gusto de la gente. Ahora, salvo contadas excepciones, sólo es posible escucharlos amenizando eventos sociales, como bodas o fiestas privadasSin embargo, hay mucha gente que tiene el propósito de revivir aquél armónico escándalo, de atizar el fuego que yace en el centro del volcán, animándolo a volver a hacer erupción. Porque hay pocos sonidos que nos puedan remitir inequívocamente a una región del mundo; uno de ellos es el tambor. Basta apenas reconocer los sonidos que una placa cóncava de metal percutida produce para situarnos en un Caribe hecho a base de recuerdos, de fantasías y de deseos.