Kalimantán, La Gran Isla de Borneo

A Kalimantán, como se llama la extensión de la gran isla de Borneo, la mayoritaria, tres cuartas partes, que pertenecen a Indonesia, uno no solo va por sus atractivos. En realidad, para ser sinceros, ni siquiera tiene atractivos turísticos. No al menos de los habituales. Ni espléndidos hoteles, ni restaurantes con platos exquisitos, ni museos, ni tiendas, ni sitios a los que entrar y visitar aunque sea para aprovecharse del aire acondicionado. Tampoco viene nadie aquí por sus playas como a la vecina isla de Bali.Incluso cuesta, mucho (Indonesia es el país musulmán más poblado del mundo), encontrar donde tomarse una cerveza fría. El atractivo de Kalimantán, bendita paradoja, está precisamente en esa ausencia de atractivos al uso. Más aún, uno de los atractivos de Kalimantán radica precisamente, para redoblar la paradoja, en que el propio viajero se convierte en el atractivo turístico de la isla.

Así sucede en las principales ciudades y pueblos de la isla, como en Palangkaraya, capital del Kalimantán central. O en Pontianak o Ketapang, al oeste. El turismo es escaso y sus habitantes locales apenas están acostumbrados a los foráneos. Los pocos europeos con los que se topan suelen ser investigadores que trabajan en los diferentes proyectos de conservación en la selva. Por eso reaccionan con entusiasmo cuando se encuentran con uno.En Kalimantán uno se acostumbra enseguida a que por la calle se pare la gente a saludar, a ser continuamente observado, a que le pidan que pose para una foto (incluso sosteniendo algún producto de una tienda, primer paso para convertirse después en un nuevo cartel publicitario, cual Cristiano Ronaldo pero sin caché) o a que alguien subido en una scooter le detenga para soltar uno de esos «Hello, mister!» (¡Hola, señor!) con los que todos coinciden al saludar al extranjero.Kalimantán es territorio virgen. Una isla de selva, de turba, de subsuelo húmedo, amenazada en el pasado por la tala de madera ilegal y hoy por las multinacionales del aceite de palma, que deforestan a manos llenas para convertirla en un horizonte infinito de palmares de los que se extrae ese aceite vegetal utilizado, entre otras, en las industrias de la alimentación y la cosmética.

Pero Kalimantán, todo Borneo, continúa siendo una de las principales reservas de la biosfera del planeta, como el Amazonas o la jungla de Congo. Y ese, sí, es su gran atractivo. De la misma manera que los hombres de la ciudad nos convertimos en la gran atracción de los dayak -como se conoce a la etnia mayoritaria que vive en Kalimantán-, para el visitante la gran atracción de la isla son los hombres de la selva (significado de la palabra orangután). Los grandes simios rojos, únicos de esta zona del mundo, de las islas de Borneo y Sumatra, son aquí los reyes de la selva, la especie más simbólica y famosa, pero también una de las más amenazadas por la deforestación, la caza ilegal y el tráfico de animales.Quien viaja a Kalimantán lo hace por su fauna. Para avistar las exóticas miles de especies de aves que pueblan sus árboles. O esperando encontrarse con los orangutanes, esos antepasados lejanos nuestros, del hombre, y verlos de cerca, en su hábitat. Es posible hacerlo y de una forma mucho más sencilla y accesible que con otros grandes simios, como los gorilas en la jungla africana. Pero el viajero debe elegir bien dónde quiere (intentar) ver a los orangutanes. Hay centros que en su publicidad y en sus ofertas muestran fotos de los visitantes junto a los simios o incluso abrazados a ellos. Pero esos son los que se deben evitar.

Dichas entidades son habitualmente lugares de rescate para orangutanes que han sido víctimas del tráfico ilegal de animales o que han perdido su zona de hábitat en la selva. El objetivo es siempre intentar reintegrarlos en su vida salvaje o al menos en espacios controlados y asistidos donde puedan vivir en semilibertad aquellos que ya no saben sobrevivir solos en la selva. Porque cuanto más contacto establecen con el ser humano, más difícil es que eso suceda.

Uno de los mejores lugares donde poder conocer de primera mano esta realidad es en Nyaru Menteng, a las afueras de la ciudad de Palangka Raya, donde la Fundación Borneo Orangutan Survival (BOS) tiene su centro de rescate. Allí se puede conocer el trabajo que hace e incluso ver, a través de un cristal -para evitar el contacto y el posible contagio de enfermedades-, a algunos de los orangutanes que están en proceso de recuperación. Pero sobre todo se podrá recorrer en barca el río que bordea la isla, donde medio centenar de orangutanes viven en semilibertad. Verlos subidos a los árboles, construyendo los nidos en los que cada noche duermen o buscando comida será cuestión de la agudeza visual de cada uno.

Palangka Raya es un pueblo grande sin una estructura clara. Cuatro calles principales y numerosas callejuelas más pequeñas y casas bajitas y tenderetes de colores verdes y rojos. Allí parece que todos se hubieran puesto de acuerdo para echarse a ellas con sus scooters,el principal medio de transporte. O para correr, la nueva moda estos últimos años también allí. Y decenas de personas coinciden haciéndolo en el centro de la ciudad. Pero es una urbe en crecimiento.Como cuentan Thomas y Beatrice, una pareja de suizos que lleva tres décadas viviendo en Palangka Raya y que regenta la casa de huéspedes Bukit Raya. Tienen incluso un cine en el que proyectan algunos de los últimos estrenos. Aunque una película de Tarantino se exhiba con cortes en casi todas las secuencias de violencia. Es un Tarantino sin Tarantino, vamos.

Pero en esta pequeña localidad destaca sobre todo lo que se conoce como la antigua ciudad. Un poblado en realidad con decenas de casas flotantes que se sostienen sobre finas vigas de madera hundidas en el agua, entre humedales plagados de gaviales, cocodrilos pequeños de morro afilado y estrecho. Pasear por aquí da la sensación de estar haciéndolo en un no lugar, en un escenario casi de película norteamericana, de Misisipi, donde saldrá de una de las cabañas un red neck con camiseta de tirantes y escopeta de cartuchos a matar ratas de agua. Pero no. De las casas salen niños y perros. Y jóvenes que fuman, porque en Indonesia todos los hombres fuman -dicen que es algo culturalmente bien visto-, y pescan peces pequeños, popuyos, cuyas capturas celebran como si hubiesen arponeado a Moby Dick en el corazón.

Las ciudades y pueblos de Kalimantán tienen en realidad poco que exhibir y de lo que presumir. No hay museos ni grandes obras arquitectónicas. Y las mezquitas suelen ser los edificios más destacados de cada ciudad. En Ketapang se muestran orgullosos de sus puentes que cruzan los ríos. En Pontianak presumen de ser la ciudad del café porque está llena de cafeterías y de ser además una ciudad ecuatorial en la que dos veces al año no hay sombra durante dos minutos. Pero es que a esta isla no se vienen a visitar cosas, sino a rodearse de esa naturaleza que lo invade todo. Por esa selva donde buscar a los hombres pelirrojos de la selva, los que aún quedan cada vez más amenazados y en peligro de extinción. Si al final no le gusta el viaje -cosa poco probable-, al menos volverá a casa con la autoestima por las nubes. Nunca le habrán saludado y sonreído tanto y seguro que tampoco se habrá hecho tantas fotos con desconocidos felices de tener un retrato con usted.